Experiencia, edadismo y trabajo en un Perú que envejece
Darío Ugarte Pareja
Asociado de Foro Educativo
Hace unos años una amiga me llamó y, como suele ocurrir, me preguntó cómo estaba. Antes de que pudiera responderle, agregó en tono de broma:
“Ya estamos en esa edad en la que algo nos duele”.
Se refería a esos pequeños cambios que van apareciendo casi sin avisar. El cuerpo no responde exactamente igual, surgen otras preocupaciones de salud y empezamos a prestar atención a cosas que antes simplemente dábamos por sentadas. Con sus más y sus menos, así se va haciendo visible esta etapa de la vida.
Porque envejecer es también cambiar. Algunos cambios los sentimos rápidamente. Otros ocurren de manera silenciosa y solo los descubrimos cuando algo que antes hacíamos de determinada manera empieza a ser diferente.
Sabemos que envejecer no significa que todas nuestras capacidades disminuyan de la misma manera. El cerebro cambia con los años, por supuesto, pero conserva capacidad de adaptación y aprendizaje. Algunas funciones pueden hacerse más lentas, mientras otras, relacionadas con el conocimiento acumulado y la experiencia, se mantienen durante mucho más tiempo. Y, sobre todo, existen enormes diferencias entre personas de la misma edad (Organización Mundial de la Salud, 2025).
Quizá no pensemos siempre más rápido, pero tenemos más cosas con las cuales pensar: experiencias, errores, aprendizajes y situaciones parecidas que hemos enfrentado antes. Cuando todo eso ha sido reflexionado, aparece algo difícil de colocar en un currículum: criterio. Podemos necesitar algunos segundos más para resolver determinada tarea, pero varios años menos para comprender el problema.
Hay algo extraño que empieza a pasar después de cierta edad.
Hemos trabajado durante años. Hemos aprendido. Nos hemos especializado. Hemos pasado por distintos trabajos, equipos, proyectos. Algunos salieron muy bien. Otros no. Y de esos, probablemente, aprendimos más. Seguimos trabajando. Seguimos leyendo. Aprendemos nuevas herramientas. Nos adaptamos a tecnologías que hace diez años ni siquiera existían. Tenemos ideas, ganas de hacer cosas y de compartir la experiencia.
Pero algo cambia. Las oportunidades empiezan a disminuir.
Vemos una convocatoria y decimos: esto lo puedo hacer. Cumplimos con los requisitos. A veces los superamos. Conocemos el tema. Hemos hecho trabajos similares. Preparamos el CV y postulamos. Y no pasa nada.
Una vez puede ser cualquier cosa. Había alguien con un perfil mejor. Otra persona conocía más el sector. Pedían alguna competencia que no tenías. Pero ocurre otra vez. Y otra.
Hasta que aparece una pregunta incómoda: ¿Será la edad?
No hay una edad exacta en la que esto empieza. Para algunos será a los 45. Para otros a los 50 o 55. Tampoco suele haber alguien que te diga: “eres demasiado mayor para este trabajo”.
Es mucho más sutil.
Y quizá ahí convenga hacer una precisión. No estoy hablando necesariamente de personas adultas mayores, categoría que en el Perú comienza a los 60 años. Estoy hablando de algo que puede empezar antes: ese momento de la trayectoria laboral en que sentimos que la edad empieza a pesar, real o aparentemente, en nuestras posibilidades de seguir siendo elegidos.
No ocurre igual para todos ni a la misma edad. Tampoco ocurre de la misma manera en todas las profesiones.
Cuando los años empiezan a jugar en contra
Durante buena parte de nuestra vida profesional creemos algo bastante lógico: mientras más aprendamos y más experiencia tengamos, estaremos mejor preparados. Estudiamos. Nos especializamos. Aprendemos trabajando. Nos equivocamos. Corregimos. Volvemos a empezar.
Construimos una trayectoria.
Y un día podemos descubrir una paradoja: todo aquello que hicimos para ser mejores profesionales empieza a hacernos menos atractivos para una parte del mercado.
Claro que la edad no explica por sí sola por qué alguien queda fuera de un proceso de selección. Influyen el perfil profesional, las competencias, la especialidad, las redes, las condiciones del mercado y muchas otras cosas.
Pero sabemos que existe además un factor que muchas veces permanece oculto: el edadismo.
La Organización Mundial de la Salud utiliza este término para referirse a los estereotipos, prejuicios y formas de discriminación que se producen por razones de edad. En el mundo laboral puede aparecer a lo largo de todo el recorrido de una persona: desde el reclutamiento y la contratación hasta las oportunidades de capacitación, desarrollo y permanencia en el empleo (Organización Mundial de la Salud, 2021).
Muchas veces ni siquiera es explícito. Nadie nos dice que somos demasiado mayores. Simplemente empezamos a quedar fuera.
Por eso tampoco podemos saber si cada puerta que se cierra se debe a la edad. Lo que sí sabemos es que, en algún momento, la edad empieza a formar parte de la pregunta.
Y ahí surge la contradicción.
Una persona que lleva treinta años trabajando probablemente ha tenido que adaptarse muchas veces. Ha cambiado de equipos, tecnologías, instituciones y formas de trabajar. Si no hubiera aprendido a adaptarse, difícilmente habría llegado hasta allí. Entonces, ¿por qué suponemos que cumplir años significa dejar de poder hacerlo?
Hay además algo que vale la pena preguntarnos: ¿qué capacidades está premiando hoy el mundo laboral?
Vivimos bajo una enorme presión por responder rápido. Contestar rápido. Producir rápido. Decidir rápido. Y a veces terminamos confundiendo velocidad con capacidad.
No siempre responder más rápido significa responder mejor. Detenerse, relacionar antecedentes, mirar el conjunto y pensar en las consecuencias también son capacidades.
Tal vez por eso la velocidad y la experiencia no deberían competir. Responden a maneras distintas de enfrentar un problema.
¿Y si empezamos a creerlo?
Hay una parte del edadismo de la que hablamos menos. Lo que ocurre dentro de la propia persona. Primero uno piensa: No quedé en este puesto. Después: Quizás mi perfil no encajaba.
Más adelante: Tal vez estoy sobrecalificado. Hasta que un día aparece otra frase: Quizás ya estoy demasiado viejo para esto.
Y ahí algo cambia.
Empezamos a descartar oportunidades antes de intentarlo. Vemos una convocatoria y suponemos que buscan a alguien más joven. Dejamos de postular. A veces simplemente estamos cansados de recibir la misma respuesta: silencio.
La OMS advierte que el edadismo también puede interiorizarse. Podemos terminar aplicándonos a nosotros mismos los estereotipos que la sociedad ha construido alrededor de nuestra edad.
Quizá esa sea una de sus consecuencias más duras: que alguien que todavía tiene mucho que aportar empiece a pensar que ya no tiene dónde hacerlo.
¿Qué es exactamente la experiencia?
La experiencia no vale simplemente porque hayan pasado los años. Vale cuando esos años se han convertido en aprendizaje.
Hemos visto cosas funcionar y fracasar. Hemos aprendido que una excelente idea en el papel puede naufragar cuando llega a la realidad. Hemos conocido instituciones por dentro. Hemos aprendido a leer situaciones y personas. Sabemos que algunos problemas que parecen nuevos ya aparecieron antes con otro nombre. Nos hemos equivocado.
Y, si aprendimos de esos errores, probablemente no necesitamos cometerlos nuevamente para reconocerlos. De ahí nace buena parte de eso que llamamos criterio.
No aparece en el currículum. No tiene certificado. Es difícil medirlo en una entrevista. Y, sin embargo, importa.
Una parte importante de lo que aprendemos trabajando nunca termina convertida en un diploma.
Aprendemos a reconocer riesgos, negociar, escuchar, anticipar problemas o saber cuándo una solución que funciona perfectamente en el papel tendrá dificultades cuando llegue a la realidad.
Y esto no ocurre solamente entre profesionales. Hay conocimientos productivos, culturales, territoriales y comunitarios construidos durante décadas por agricultores, artesanos, técnicos, dirigentes y muchas otras personas.
Son saberes difíciles de certificar. Pero no por eso menos reales.
Quizá una sociedad que solo reconoce aquello que puede acreditarse formalmente corre también el riesgo de dejar fuera una enorme cantidad de conocimiento.
Claro que cumplir años no nos hace automáticamente mejores. La experiencia tiene valor cuando seguimos aprendiendo de ella. Son nuestras capacidades las que dan cuenta de ello.
Mientras tanto, el Perú envejece
Hay otra razón para tomarnos este tema en serio. El Perú está envejeciendo. No es una posibilidad futura, ya está ocurriendo. Entre 2017 y 2025, la población de 60 años a más pasó de representar el 11,7 % al 14,8 % de la población peruana, mientras que la población menor de 15 años disminuyó del 26,5 % al 22,7 % (INEI, 2026). La estructura por edades del país está cambiando.
Eso significa que cada vez tendremos más personas de 50, 60 y 70 años que estarán en buenas condiciones, tendrán formación, experiencia y todavía muchos años por delante.
Acá aparece la pregunta: ¿Qué le ofrecemos a este grupo etario para su desarrollo, autonomía y bienestar? Y ¿Qué aprovechamos como sociedad de esa experiencia y de ese conocimiento?
El propio Estado peruano reconoce el problema. La Política Nacional Multisectorial para las Personas Adultas Mayores al 2030 identifica la discriminación estructural por motivos de edad como un problema público y plantea fortalecer la participación social, productiva y política de las personas mayores. Es importante. Pero quizá necesitamos empezar la conversación antes de llegar a los 60.
Sin embargo, si mantenemos un mercado laboral que empieza a cerrar puertas o a valorar menos la experiencia acumulada a partir de cierta edad, tendremos una contradicción enorme. Viviremos más, trabajaremos menos años y desaprovecharemos durante más tiempo lo aprendido.
La experiencia acumulada por profesionales, técnicos, docentes, agricultores, artesanos, empresarios y líderes comunitarios constituye un capital social para el país. No estamos hablando solamente de conseguir empleo. Estamos hablando de qué hacemos con ese capital.
Quizá tampoco se trate de imaginar que una persona debe seguir haciendo exactamente lo mismo durante toda su vida laboral.
La experiencia puede ocupar otros lugares. Mentoría. Acompañamiento. Asesoría. Formación de quienes recién empiezan. Transferencia de conocimientos. Equipos en los que distintas generaciones puedan aprender unas de otras.
El desafío no es decidir qué generación aporta más. Es reconocer que aportan cosas distintas.
Si vamos a vivir más años, probablemente también tendremos que aprender durante más años. Y quizá necesitemos imaginar trayectorias laborales menos lineales, donde seguir aportando no signifique necesariamente permanecer siempre en el mismo lugar ni haciendo lo mismo.
Quizá hemos pensado demasiado el envejecimiento desde lo que vamos perdiendo y demasiado poco desde lo que vamos acumulando.
Acumulamos años, claro. Pero también experiencias. Errores. Aprendizajes. Relaciones. Memoria. Maneras de entender problemas que solo aparecen después de haberlos enfrentado muchas veces. Nada de eso significa que una persona de 60 años sea mejor que una de 30. Significa que tiene algo distinto para aportar.
Una sociedad necesita la mirada nueva de quienes llegan. Necesita su velocidad, sus preguntas, su relación con tecnologías y lenguajes nuevos. Pero también necesita memoria. Necesita personas capaces de recordar qué ocurrió antes, qué funcionó, qué fracasó y por qué.
No sabemos si cada puerta que se cierra se debe a la edad. Y seguramente muchas no. Pero cuando la edad empieza a formar parte de la pregunta, vale la pena detenernos a mirar qué está ocurriendo.
Porque el problema del edadismo no está solamente en las oportunidades que pierde una persona cuando deja de ser elegible. También está en lo que puede perder una sociedad cuando deja de reconocer el valor de su experiencia.
El Perú está envejeciendo. Eso no lo podemos cambiar.
Lo que sí podemos decidir es qué vamos a hacer con todos esos años de experiencia acumulada.
¿Los vamos a mirar como una carga que debemos administrar o como un capital que todavía no hemos aprendido a aprovechar?
Referencias:
- Instituto Nacional de Estadística e Informática. (2026, 29 de mayo). INEI: población del Perú totalizó 34 millones 157 mil 732 habitantes al 2025. https://www.gob.pe/es/institucion/inei/noticias/1399446-inei-population-of-peru-totalized-34-million-157-thousand-732-inhabitants-as-of-2025?utm_source=chatgpt.com
- Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. (2021). Política Nacional Multisectorial para las Personas Adultas Mayores al 2030. Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. https://www.gob.pe/institucion/mimp/pages/39903-politica-nacional-multisectorial-para-las-personas-adultas-mayores-al-2030?utm_source=chatgpt.com
- Organización Mundial de la Salud. (2021). Informe mundial sobre el edadismo. Organización Mundial de la Salud. https://www.who.int/es/publications/b/57188?utm_source=chatgpt.com
- Organización Mundial de la Salud. (2025). Envejecimiento y salud. Envejecimiento y salud. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/ageing-and-health?utm_source=chatgpt.com
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