Luis García Gutiérrez 

Asociado de Foro Educativo

La Inteligencia Artificial (IA) constituye uno de los desafíos del siglo XXI. Después de internet, pocas tecnologías han tenido un desarrollo tan acelerado. Desde los primeros algoritmos hasta los sistemas generativos y chatbots, la IA ha dejado de ser solo una herramienta para buscar información o automatizar tareas: produce textos, imágenes y análisis, aprende de grandes volúmenes de datos e y se la usa para tomas decisiones. Su rapidez y capacidad de imitar operaciones de la inteligencia humana explican tanto su utilidad como sus riesgos.

En una primera etapa, la IA podía verse como un desarrollo controlable. Sin embargo, su expansión hacia ámbitos personales y sociales puede llegar a afectar en la persona: su intimidad, memoria, comprensión, imaginación, salud mental e identidad. Además, el chatbot como interlocutor permanente, puede reafirmar al usuario en lugar de cuestionarlo. En niños y jóvenes, el uso intensivo de pantallas, redes e IA puede reforzar la dependencia y aislamiento. El problema no reside solo en la tecnología, sino también en algoritmos capaces de captar atención, fomentar adicción, amplificar odios, difundir desinformación o manipular decisiones sociales y políticas.

Esto no se soluciona dejando de usar la IA, pues ya forma parte de la vida cotidiana, el trabajo y la educación. El reto consiste en conocerla y ponerla al servicio del bien común, con regulación, supervisión, límites y ética. Su capacidad para obtener información y ahorrar tiempo la convierte en una herramienta útil. La tarea educativa no es rechazarla, sino aprender a dominarla y orientar su uso hacia la innovación.

Se denomina Inteligencia Artificial porque busca imitar capacidades humanas como: percibir, razonar, aprender, relacionar información y tomar decisiones. Se la denomina artificial porque pertenece al conjunto de sistemas creados por seres humanos, basados en software, hardware y algoritmos. La IA generativa añade, además, un elemento decisivo: no solo organiza información, sino que produce contenidos. Al intervenir en atención, memoria, comprensión, imaginación y aprendizaje, entra directamente en el campo educativo.

Sus aportes son evidentes: sintetiza y analiza información, recupera datos, traduce, reconoce imágenes, identifica patrones, apoya diagnósticos y permite personalizar servicios. Pero también tiene límites: no comprende plenamente el contexto emocional, social, cultural y ambiental; puede reproducir sesgos; tender al razonamiento mecánico y no poseer por sí misma apego a la verdad, reflexión profunda ni valores éticos. No debe confundirse velocidad de cálculo con comprensión humana integral.

La preocupación aumenta cuando la IA deja de funcionar solo como herramienta y adquiere rasgos de agente, capaz de generar contenidos complejos, interactuar con autonomía y tomar decisiones. Esta evolución obliga a discutir mecanismos de regulación nacional y supranacional que protejan a la persona y orienten el desarrollo tecnológico con criterios éticos. La educación está en el centro del desafío porque debe revisar la enseñanza, el aprendizaje y la formación docente.

Necesitamos avanzar en cuatro direcciones: por dónde empezar, qué organizar, qué desarmar y cómo construir gobernabilidad. A corto plazo, regular el acceso de niños y adolescentes a pantallas, redes e IA según edades y condiciones de uso. No se trata de un simple “sí” o “no”, sino de definir cómo, cuándo y para qué utilizar estas tecnologías. También organizar repositorios especializados, mesas de trabajo, talleres docentes, plataformas educativas, redes de especialistas y recopilación de experiencias exitosas.

A mediano plazo, la discusión debe vincular educación y democracia. La manipulación algorítmica puede alterar la circulación de la verdad, multiplicar noticias falsas, vulnerar la privacidad y segmentar a la población según intereses comerciales o políticos. Por ello se requieren alianzas latinoamericanas, coordinación con la educación superior, alfabetización digital, capacitación especializada y vínculos con organismos, como la UNESCO.

“Desarmar” la IA significa comprender cómo se construyen sus sistemas, qué intereses intervienen y qué efectos producen. No son necesariamente neutrales: pueden incorporar sesgos, reforzar estereotipos y responder a intereses económicos o ideológicos. La expansión de la IA también se relaciona con empleo, consumo energético, geopolítica, chips, centros de datos y minerales estratégicos. Desde la educación, ello exige formar profesionales capaces de articular ciencia, producción e innovación y conectar las políticas educativas con las económicas, laborales y tecnológicas.

La gobernabilidad de la IA supone construir marcos normativos que custodien a la persona, fortalezcan la soberanía digital y promuevan un desarrollo sostenible. El artículo plantea incluso fondos soberanos financiados con parte de las ganancias de grandes empresas de IA, bajo la idea de que esta tecnología deriva de conocimientos acumulados por la humanidad. El punto central es que su desarrollo debe acompañarse de regulación pública, financiamiento y distribución de beneficios.

En el Perú existen referencias normativas, como la Ley N° 31814, su reglamento y la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2026-2030. Sin embargo, el desafío principal sigue siendo pedagógico y financiero. Es necesario que el docente desarrolle competencias digitales, aplique la tecnología con criterio en el aula, acompañe a las familias, diseñe tutorías personalizadas y cree nuevas formas de evaluación. La alfabetización digital debe convertirse en una cultura crítica y responsable.

La integración de la IA en la formación docente debe proteger capacidades que el uso intensivo de pantallas puede debilitar: lectura, escritura, razonamiento, sociabilidad, empatía, creatividad, concentración y trabajo en equipo. Debe reafirmar el aprender a aprender, la oralidad, el diálogo, la expresión artística, la solidaridad, la identidad y el pensamiento crítico. Además, el estudiante necesitará aprender a separar datos de opiniones, identificar y leer evidencias y tener criterios propios.

La IA obliga a rediseñar tareas, establecer reglas claras y fortalecer la formación del profesorado. Puede contribuir a la planificación, evaluación, tutoría y personalización del aprendizaje, pero no debe sustituir al docente ni convertir la educación en una búsqueda de respuestas automáticas. El docente requiere un marco de competencia digital y una guía para el uso de IA generativa en el aula, con énfasis en transparencia, protección de datos y diversidad cultural. La IA debe estimular la curiosidad, ayudar a formular preguntas, explicar procedimientos y comprobar si lo aprendido se transfiere a situaciones nuevas.

La innovación educativa no consiste en delegar el aprendizaje a la máquina, sino en rediseñar actividades para que la tecnología acompañe el proceso. Deberá mantener espacios analógicos: escribir a mano, leer de manera compartida, resumir, dibujar, elaborar mapas conceptuales y practicar evaluaciones reflexivas. La IA puede liberar tiempo en tareas rutinarias y favorecer la inclusión, pero el docente deberá conservar un papel central como orientador, mientras el estudiante continúe siendo protagonista del aprendizaje.

Finalmente, el desafío de la IA supera el aula. Exige ampliar conectividad e infraestructura digital, relacionar educación y empleo, desarrollar centros de datos, laboratorios y redes de investigación, y reducir la dependencia tecnológica. La experiencia de países asiáticos es presentada como referencia de la importancia de colocar la educación y las nuevas tecnologías en el centro de una estrategia nacional de desarrollo. Para el Perú, la IA puede ser una palanca de mejora de la calidad educativa y del desarrollo sostenible, siempre que existan consensos, políticas de largo plazo y una orientación ética que preserve la dignidad humana, la democracia y la soberanía digital.

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