Manuel Valdivia Rodríguez

Asociado de Foro Educativo. 

Callo mi posición sobre los acontecimientos recientes en Venezuela; los amigos que me conocen saben lo que diría. Prefiero compartir algunas reflexiones que nacen de leer las notas que se publican en Facebook y probablemente en otras redes sobre lo que acontece en ese país hermano. A partir de eso, quiero referirme a un asunto que atañe a la educación.

Al leer las declaraciones hechas en las redes se puede encontrar dos maneras distintas: La de quienes exponen su rechazo a la intervención de Trump y la de aquellos que la aplauden.

Hasta visualmente se puede apreciar la diferencia. Los primeros escriben notas extensas. Aunque por instantes asoma la ira, se detienen más exponiendo argumentos y opiniones apoyadas en los términos del derecho internacional, la historia, la filosofía de los derechos, la doctrina de la ética. Son textos que se puede leer detenidamente y con provecho.

Los otros no. Lo que dicen abarca pocas líneas para decir cosas que les nacen más de la emoción que del intelecto. Las dicen sin argumentación alguna y más con frases que intentan ser lapidarias. El problema es que son personas que han recibido grados de educación escolar y aun universitaria. Se nota eso porque siquiera escribieron, y lo hicieron sin recurrir a emoticones ni mayúsculas. Eso es, en el fondo, lo que preocupa.

¿Hay alguna explicación? Creo que hay varias. Por lo pronto quiero hablar de algo que debe ser obra de la educación: el poseer espíritu crítico. Mucho se dice que la educación debe formar personas con actitud y pensamiento críticos. Es bueno que sea así. El espíritu crítico es importante porque interviene en aspectos diversos de la vida personal y social. Es necesario para emitir una opinión, para adoptar una posición personal, para tomar una decisión, para adherirse a una cierta corriente política. En buena cuenta, el espíritu crítico es un ingrediente de la autonomía.

Pero este espíritu no nace con uno: debe ser formado en mucha parte por la educación, que es un proceso formal, consciente y teleológico. Como tal, la educación de la criticidad tiene -o debe tener- procedimientos pedagógicos capaces de conducir su accionar. El problema reside en que la criticidad, a modo de una linterna, puede apuntar a varios y distintos focos: una obra artística, un proyecto económico, una decisión política, un libro de teoría, un comportamiento individual, etc. Y para cada punto de ese etcétera debe
aplicar un procedimiento específico.

Cuando se trata de un hecho social como el acontecimiento que nos ha despertado en estos días, el examen crítico debe valerse de un modelo. Seguro que hay varios, pero es posible aprovechar el aplicado por el psicólogo Ernesto Pollitt, cuando estudió el problema de la desnutrición infantil en el Perú. Pollitt no lo dijo, pero estudiando uno de sus libros (°) se encuentra que su examen de la situación siguió un modelo que apunta a tres focos de análisis: causalidad, magnitud y consecuencias.

Foto: La República

Para examinar el acontecimiento ocurrido por la angurria norteamericana expresada en el accionar de Trump, se puede buscar, si no sus causas, sus motivaciones, se debe examinar su magnitud y se puede vislumbrar sus consecuencias, no solo para Venezuela sino para el mundo. En varias de las notas publicadas en Facebook y en los artículos que ya comienza a difundir la prensa internacional, se aprecia que la mirada ha seguido los tres elementos del modelo de análisis.

A partir de allí, podemos considerar que este modelo de análisis debe ser enseñado en la escuela para contribuir a la formación del espíritu crítico de los estudiantes. Mucho de lo que pueden ser testigos puede ser examinado en el aula en las tres dimensiones del modelo, con niños de primaria y más con adolescentes de secundaria o jóvenes de la universidad. No hablo del caso de Maduro o Trump. Hablo, como ejemplo, de sucesos más cercanos que pueden ser examinados con diálogos que sigan este modelo: la pandemia del covid 19, los paros de los transportistas, los casos de discriminación, la inauguración del puerto de Chancay, los éxitos de las atletas en las carreras a distancia, etc. Y pongo ese etcétera para mostrar que la criticidad puede ser formada examinando casos no solo negativos, tomando en cuenta lo que está al alcance de los alumnos según su edad y
experiencia. Al cabo de experiencias orgánicas de este tipo, los estudiantes estarían capacitados no solo para juzgar sucesos a su medida sino también para entender los textos que analicen situaciones mayores.

Hay que decir, sin embargo, que para lograr un juicio, formar una opinión, tomar una decisión, la actitud crítica no es suficiente. Se necesita conocimiento. En el campo de lo social se precisa saber de historia, saber de geografía, saber de economía. ¿Cómo, por ejemplo, aplaudir a Trump diciendo que liberó a Venezuela de un dictador, sin recordar que el país del norte apoyó, y hasta impuso, dictadores como Batista, Pinochet, Onganía,
Trujillo, Somoza? ¿Cómo ignorar que el interés de USA por dominar Venezuela está empujado por el petróleo y que el interés por Groenlandia va por los minerales estratégicos para impulsar la tecnología?

Sucede, en consecuencia, que para que las personas puedan considerarse como bien formadas, además de poseer ciertas competencias, necesitan de conocimiento, valores y actitudes (entre ellas la crítica) que son considerados como finalidades de la educación. Solo así se puede hablar de una educación integral.


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